Reflexión · 6 min de lectura

De lo insignificante al sentido

El ser humano no es más que un agregado de algo que está por encima de él. Poner en el centro de todo a la propia humanidad no es más que una muestra de los aires de grandeza de la especie humana. Formamos parte de algo más grande de lo que nosotros somos, y probablemente seremos; llámalo Mundo, Naturaleza, Vida o Universo. Todo lo nombrado está en un orden de magnitud superior a nosotros.

No somos más que algo más en un extenso océano de astros. Aun así, da la sensación de que pensamos estar por encima de todo, y no somos conscientes de este maravilloso espectáculo que vemos a diario, en determinadas cosas que pueden parecer insignificantes como la fotosíntesis. Las raíces absorben de la tierra agua y minerales, formando savia. La energía lumínica absorbida por la clorofila, pigmento que se encuentra en los cloroplastos (el color verde no es casualidad), se transforma en energía química que es almacenada en diversas moléculas, como el ATP (adenosina trifosfato). Estos dos elementos, junto con el dióxido de carbono captado por las hojas, sintetizan los hidratos de carbono, necesarios para la alimentación de la planta. Además, este proceso desprende oxígeno.

No nos paramos a pensar en procesos tan magníficos y complejos que suceden a diario en nuestro entorno, en todo el mundo, que son pequeños engranajes de un sistema que todavía a día de hoy intentamos dar explicación, pero es algo que ya existe.

Me gusta ver distintos enfoques sociológicos (como la obra de Erving Goffman en La presentación de la persona en la vida cotidiana) tratando a la especie humana como individuo y,en este caso,como una fachada colectiva,en la que nos hemos plantado en la cima de la creación,como el ser racional por excelencia y dueño de todo lo que nos rodea. Nuestro “medio” son las grandes ciudades, imperios de asfalto o la propia tecnología, elementos que nos aíslan del resto del universo, donde podemos mantener la ilusión de control.

Alguno podrá acusarme de reduccionismo. No obstante, creo que más que nunca, es necesario entender que a pesar de darle forma a lo que nos rodea, de adquirir conocimiento, no somos el “ombligo” del universo, y que este existía antes de que nosotros siquiera tuviéramos conciencia. Es necesario calmar la soberbia humana para poder seguir avanzando.

La fragilidad y el vacío de la existencia

Autores como Richard Dawkins (El gen egoísta - 1976) desplaza el foco del individuo al gen; no somos más que una máquina evolucionada, vehículos creados por los propios genes para su supervivencia y evolución, optimizando la máquina para asegurar la descendencia. El altruismo puede que no sea nada más que una estrategia probabilística de supervivencia del gen. Uno de los ejemplos que ilustra esto, es el comportamiento de ciertas especies de aves que anidan en el suelo. Cuando un depredador se aproxima al nido, la madre ni se esconde ni sale volando; se pone al alcance, se deja ver y empieza a cojear arrastrando un ala, como si estuviera rota, convirtiéndose en la víctima perfecta. El depredador ignora a las crías, que aprovechan la distracción para esconderse. Cuando el cazador está cerca, su presa milagrosamente se cura y echa a volar, escapando de las garras de su verdugo.

Enfoques como este pueden plantear la vida como algo carente de sentido. La frialdad del conocimiento se impone y la ciencia nos hace fríos e insensibles; no somos más que un producto del azar, de la casualidad, cuyo único objetivo es reproducirse y dejar descendencia, manteniendo la existencia del gen o de la especie. Si añadimos la perspectiva humana-temporal es aún más demoledor. De los millones de años de existencia del universo y de evolución, tenemos una esperanza de vida insignificante ¿quién recordará a grandes figuras de la historia dentro de miles de años? Si estos personajes corren el riesgo de caer en el olvido diluidos entre tanta información ¿qué hay de nosotros?

Esto sigue una ‘voluntad de vida’; un devenir de fuerzas, por encima de nosotros, que nos arrastran por un sendero ya escrito ¿es la supervivencia propia?¿Es la preservación de la especie?¿Son los genes?

La grandeza de la humanidad

La voluntad de vida, ¿es entonces una prisión? Es el ‘caldo de cultivo’ perfecto para una vida vacía, con retroalimentación directa de las carencias y miserias humanas, un camino tortuoso de sufrimiento que hemos de aceptar como la realidad, como algo estático, inmutable, una condena perpetua para toda forma de vida.

En este punto, la Vida se pone en el centro de nuestro debate interno. La Vida merece ser vivida (valga la redundancia). No es un mero proceso de supervivencia, es un motor vital, una fuerza elemental que nos impulsa, a todo ser vivo, a crear. Se basa en una superación continua, expresada en nuestra forma de crear valores, de plantar cara a este sistema de engranajes complejos del que formamos parte.

Somos capaces de dar forma a la Vida superando el idilio existencialista anteriormente mencionado. Vida como motor, tiene algo que nunca nada será capaz de explicar, un principio elemental e insondable, que forma parte de nuestra rutina a diario y que supone pequeñas variaciones, casualidades y situaciones que ningún oráculo puede predecir. Este principio hace que la Vida tenga sentido y que nosotros seamos capaces de darle forma y valor.

En un hipotético mundo, donde todo estuviera predestinado, nada tendría sentido. No podríamos imponernos ante la maquinaria y estaríamos condenados a vagar, como sacos de carne sin volición, hasta que nuestro reloj de arena vital se agotase. Empero, estamos por encima de esto y a diario podemos navegar entre tempestades hasta avistar la tierra.

Y es que, la humanidad es grande. Hemos conseguido ser resilientes, superarnos a pesar de las adversidades; hemos creado, hemos prosperado y seguimos avanzando a pesar de los retos complejos que van surgiendo. Y es que una fuerza de creación tan grande como la que poseemos, es también, una fuerza de destrucción masiva, incluso de nuestra propia especie.

En busca de sentido

¿Y qué nos mueve?

¿Cómo podemos encontrar ese sentido tan personal del que dotar a nuestra vida?

El sentido de la vida es único, cada individuo debe encontrarlo en un momento y situación determinada. Es algo que no se inventa, este sentido se descubre. Para descubrir tenemos que hacer una profunda introspección para conocernos a nosotros mismos, y entender dónde están nuestros puntos débiles; es entender nuestros sesgos, luchar contra ellos y ser flexibles; es dar oportunidad a opiniones contrarias, a hacer el arduo trabajo de ponernos en el otro lado, a permitirnos entender. Como decía Ortega y Gasset en La rebelión de las masas:“Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender”.

Vivimos en una época de sobreexcitación, donde hay demasiada información; desde siempre ha existido influencia del entorno. No obstante, no hay que caer en la ‘red de pensamiento’ grupal; que una persona se haya criado en un entorno con ciertas creencias o ideología, no significa que esta sea la Verdad, ni que deba seguirla. El escepticismo con fundamento y sentido es saludable, podemos ser escépticos y poner en tela de juicio lo que nos rodea ¿por qué es esto verdad? ¿No es acaso la Verdad algo creado por el ser humano? ¿ No lo son el Bien, Mal o la Justicia? La Vida no entiende esto, al ser una invención nuestra para poder organizarnos socialmente y poder convivir con una serie de reglas establecidas sin matarnos los unos a los otros.

La Vida es analógica, no binaria. La mentira es algo “malo” ¿toda mentira es mala? La Justicia se relaciona con el Bien ¿Acaso todo proceso “justo” es “bueno”?¿No son acaso ciertas falsedades necesarias para la vida? Por el hecho de ser “falsas”, ¿debemos tomarlas como “malas”?

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