La caída del muro personal

¿Confundimos la cercanía digital con la confianza real? ¿Sabemos respetar los límites de los demás y, sobre todo, los nuestros? Una reflexión sobre la proxémica, las redes sociales y cómo la hiperconexión desdibuja nuestros límites personales.

Alejandro García PeláezAlejandro García Peláez
La caída del muro personal

Hay personas que actúan con todas las libertades del mundo tras conocerte un poco … es probable que te hayas encontrado con alguna a lo largo de tu vida; se acercan demasiado y se toman confianzas excesivas, sea de forma consciente o inconsciente. En ocasiones puede provocar situaciones incómodas, por esa perturbación del espacio vital.

La proxémica se encarga de estudiar este uso del espacio físico, de cómo usamos la distancia para comunicarnos con los demás.

La dimensión oculta

El título de este apartado es una referencia a la obra de Edward T. Hall, antropólogo estadounidense que dio nombre a esta rama de la comunicación no verbal conocida como proxémica o proxemia.

La intención es profundizar en el manejo del propio espacio físico del individuo, una distancia social basada en reglas sutiles que se correlaciona con la distancia física. Hall identificó cuatro tipos de distancia:

  • Íntima: del contacto físico directo a unos 45 centímetros. Es el espacio reservado para aquellas personas más cercanas y en las que más se confía. Es la zona privada, propia de amigos íntimos, familiares o parejas.

  • Personal: más alejada que la anterior hasta el metro y pico. Podemos alcanzar a la otra persona si estiramos el brazo. Distancia que se suele mantener con compañeros de trabajo, reuniones, fiestas o charlas. Cuanto más cerca, en teoría más confianza.

  • Social: aún más alejada, alrededor de los 3 metros. Cuando tratamos con desconocidos o personas con las que no tenemos ninguna relación de “amistad”.

  • Pública: Más allá de los 3 metros, sin fin. Ideal para dirigirse a un grupo de personas, típica de clases, charlas o presentaciones de trabajo.

Hay que destacar que hay factores culturales que influyen en las distancias y que pueden verse alteradas por la calidez o frialdad del individuo.

En las últimas décadas ha emergido una nueva forma de comunicarnos, una nueva forma de darnos a conocer al mundo … ¿cómo influye esto en nuestras relaciones personales y en nuestro espacio “digital”?

La dimensión digital

Una vez más, nuestra manera de relacionarnos ha cambiado de manera abrupta estos últimos años; las nuevas generaciones habitan en las redes intercambiando mensajes, fotos, memes, etc. Realmente podemos mapear esta proxémica tradicional en una proxémica digital … no hablamos de espacio físico, hablamos de atención, disponibilidad e intimidad:

  • Distancia Íntima: llamada telefónica (o videollamada) personal. Exige atención y disponibilidad total.

  • Distancia Personal: mensaje de WhatsApp o Telegram, exige un motivo claro o vínculo previo .

  • Distancia Social: mensajes directos (DMs) o respuesta directa a stories. Punto de acercamiento a una persona.

  • Distancia Pública: no hay privacidad, cualquiera mira, cualquiera responde.

Antes de que nuestro cerebro se haya podido adaptar, hemos cambiado nuestra forma de relacionarnos de lo físico a lo digital. De un espacio tangible, del momento … a uno basado en atención, tiempo, exposición, abstracto …

Disolución de la distancia

¿Para quién vives? ¿Para ti o para los demás?

Ahora es costumbre “stalkear” o barrer las redes sociales de una persona para cotillear y hacernos una imagen (la que esa persona quiere que tengamos) sobre alguien. Lo que antes se traducía en una serie de acciones para conocer a la otra persona y ganarse su confianza ahora es instantáneo.

Somos libros abiertos de par en par acostumbrados a que puedan acceder a nuestra vida a través de una pantalla. Y esto, queramos o no, influye en nuestra manera de vivir, de hacer las cosas, de mostrarnos como somos … condiciona nuestra manera de actuar con nosotros mismos y con los demás.

La hiperconexión ha dañado este proceso de ganarse la confianza de una persona y asumimos el derecho de proximidad desde el primer minuto.

Confundimos (o ignoramos) los límites de nuestra dimensión digital, tanto los propios como los ajenos y el temor al rechazo o la necesidad de aprobación continua intensifican nuestros miedos en relaciones sociales físicas.

No decir algo que te parece mal por miedo a las represalias, actuar con disponibilidad inmediata por miedo al olvido o temor a dejar “en visto” para que no te dejen a ti, son solo comportamientos alimentados por esta presión constante de actuar continuamente en una función de teatro digital que nos consume a diario.

Y es que parece que las relaciones se han convertido en algo líquido.

El narcisismo y el egoísmo característico actual, que están potenciados por la difusión inmediata; la imagen como reina de nuestras vidas ; el Carpe diem como religión pop … todos estos factores han contribuido a la percepción de que todo es efímero y nada persiste. Y debe ser inmediato … o pierde nuestra atención.